Harmony House



Nic Sheff, 246 páginas, V&R Editoras.

GOODREADS


En Playa Paraíso algo está mal. El padre de Jen cree que mudarse a Harmony House es la mejor manera de seguir adelante luego de la muerte de su esposa. Pero todos los que han vivido allí saben lo que se oculta detrás de sus muros. 
Todos conocen el poder de la casa y saben que el pasado puede tocarte la puerta cuando menos lo esperas. Jen debe encontrar la forma de escapar antes de que sea demasiado tarde. Antes de que el pasado la atrape.



Antes de leer este libro, con sólo echarle un vistazo a la portada, me hacía una idea de que sería una continuación de la saga Asylum, pero me di cuenta de que estaba equivocada cuando leí la sinopsis. Bueno, tengo que ser sincera y decir que la sinopsis no es la gran cosa, pues hace referencia a fantasmas y la típica casa embrujada que todos conocemos.

Jennifer ha perdido a su madre tras ésta ahogarse en su propio vómito debido a los niveles elevados del alcohol corriendo pos sus venas. Suena algo estúpido, sí, pero a fin de cuentas esto es algo que probablemente esté sucediendo en estos momentos en diferentes partes del mundo, porque es algo muy posible. Así pues, como queriendo seguir adelante y dejar atrás el pasado, su padre toma la elección de mudarse a un pequeño pueblo llamado Playa Paraíso, sólo por una temporada.

Se hospedan en un hotel, que es una mansión gótica victoriana llamada Harmony House. Lo que Jen no sabe es que el condado entero se empeña en mantenerse alejado de esta misteriosa y horrorosa casa, pues hay muchos rumores escalofriantes acerca de esta propiedad colindante con el bosque.

El padre de Jennifer, Anselmo, no es nada más que un hombre muy obsesivo en cuanto a la religión, pues no deja a su hija decir malas palabras, hablar con chicos, ni usar ropa...tan juvenil.

Jen es una muchacha seria, que sufre internamente debido a que su padre se toma la muerte de su madre como la voluntad de Dios.

''-No podemos sewr egoístas y quererla de nuevo con nosotros - me explica.
-Pero yo sí la quiero de vuelta.
Él sacude la cabeza.
-Esa fue la voluntad de Dios para ella. Y fue la voluntad de Dios para nosotros.
-Entonces, Dios es un cabrón.''
Sé que voy a sonar muy mal, pero a veces siento que tiene razón en lo que dice, aunque viéndolo por otro lado, Jennifer está muy resentida y no puede procesar aún lo que acaba de suceder. Y para colmo el comportamiento de su padre no ayuda en absoluto así que...prefiere quedarse callada, pero esto va a desencadenar ciertas cosas...

Sí me entretuve bastante, lo leí como en un día y medio porque se me fue el internet por casi cuatro tortuosos días, pero afortunadamente pude sobrevivir.

En este libro hay más suspenso que espanto, y aunque el ambiente se sienta un tanto macabro mientras vas leyendo, uno siempre espera la acción, y ésta vez no conseguí mucho, por lo que estoy algo decepcionada. Yo estaba considerando comenzar a leer historias de terror, pero esto es parecido a una película muuuy mala, y me estresó un poco el hecho de que el escritor quiera darle ese toque de Stephen King a los acontecimientos que relata, porque hay algo que verdaderamente no me gustó de este libro y me niego a compartirlo en esta reseña porque, vamos, sería spoiler.


Cuéntenme qué les parece y los que ya lo leyeron, me gustaría mucho leer sus opiniones. Sé que la reseña no ha sido muy extensa, pero no me gusta mucho entrar en detalles y contarles de qué trata exactamente. Si no, ¿qué chiste tendría?

Gracias a la editorial por el ejemplar.


L O N D R E S

Percy Jackson: el ladrón del rayo



Rick Riordan, 285 páginas, Editorial Salamandra.




¿Qué pasaría si un día descubrieras que, en realidad, eres hijo de un dios griego que debe cumplir una misión secreta? Pues eso es lo que le sucede a Percy Jackson, que a partir de ese momento se dispone a vivir los acontecimientos más emocionantes de su vida. Expulsado de seis colegios, Percy padece dislexia y dificultades para concentrarse, o al menos ésa es la versión oficial. Objeto de burlas por inventarse historias fantásticas, ni siquiera él mismo acaba de creérselas hasta el día que los dioses del Olimpo le revelan la verdad: Percy es nada menos que un semidiós, es decir, el hijo de un dios y una mortal. Y como tal ha de descubrir quién ha robado el rayo de Zeus y así evitar que estalle una guerra entre los dioses. Para cumplir la misión contará con la ayuda de sus amigos Grover, un joven sátiro, y Annabeth, hija de Atenea.



La historia comienza con un chico de doce años, que nos narra, desde el primer capítulo, que es un niño problemático, pues siempre lo terminan expulsando de las escuelas, ya que tiene muy mala suerte.

Percy vive con su madre, y su apestoso padrastro, Dave, que detesta al pobre niño. Así pues, por el momento, Percy estudia en la academia Yancy, que es más bien un internado. El protagonista es, como cabe esperar, muy solitario, y a lo largo de su vida en los seis colegios de los que ha sido expulsado, sólo ha hecho un amigo, Grover, descrito como un muchacho que cojea al caminar.

Todo comienza a finales del ciclo escolar, cuando, en una excursión a un museo, la maestra que tanto odia a Percy, se convierte en una furia e intenta matarlo.


''...los ojos empezaron a brillarle como carbones en una barbacoa, se le alagaron los dedos y se transformaron en garras, su cazadora se derritió hasta convertirse en enormes alas coriáceas...Me quedé estupefacto. Aquella mujer no era humana. Era una criatura horripilante con alas de murciélago, zarpas y la boca llena de colmillos amarillentos, y quería hacerme trizas...''


Para escribir un cuento en cinco minutos

Sí, sé que me he demorado un poquillo en publicar algo, pero lo cierto es que he andado muy flojonaza estos días, y la semana pasada fue una de las peores que he vivido, así que, publicar, como verán, no fue una opción para hacerme sentir mejor. ¿Pueden creer que en mis momentos depresivos empecé a escuchar Heroes de David Bowie? 

En fin, aquí estoy, y justo para poder presentarles directamente un tesoro que encontré en un libro de texto escolar. OK, sé que la mayoría de nosotros está traumatizado con ellos, especialmente cuando te obligan a leer una lectura boba y tienes que responder preguntas...

Aún no he entrado a la escuela pero, como me había llevado una materia, digamos que tenía que leer unos cuentos de un libro de texto, para que me contara como parte de la calificación. Y aunque tengo que admitir que la portada era HORRIBLE, me cautivó este fragmento. Espero puedan disfrutarlo tanto como yo, me parece dulce, poético, desgarrador e inspirador. Cuéntenme qué les ha parecido.




Para escribir un cuento en solo cinco minutos es necesario que consiga - además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente- un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas en esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted; una canción, por ejemplo, rusa. Una vez hecho esto, gire hacia adentro, mire con su telescopio particular hacia dónde sus vísceras trabajan silenciosamente, pregúntele a su cuerpo si tiene frío, si tiene sed, frío-sed o cualquier otro tipo de angustia. En casi de que la respuesta fuera afirmativa, si, por ejemplo siente un cosquilleo general, evite cualquier forma de preocupación, pues sería muy extraño que pudiera encaminar su trabajo ya en el primer intento. Contemplé el reloj de arena, aún casi vacío en su compartimiento inferior, compruebe que todavía no ha pasado ni medio minuto, no se ponga nervioso, vaya tranquilamente hasta la cocina, a pasitos cortos, arrastrando los pies si eso es lo que le apetece. Beba un poco de agua - si viene helada no desaproveche la ocasión de mojarse el cuello - y antes de volver a sentarse ante la mesa vaya al baño para que esté tranquilo.
Ahí siguen las gaviotas, ahí siguen los gorriones, y ahí sigue también - en la estantería que está a su izquierda - el grueso diccionario. Tómelo con sumo cuidado, como si tuviera electricidad, como si fuera una rubia platino. Escriba entonces - y no deje de escuchar con atención el sonido que produce la plumilla al raspar el papel - esta frase: Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga.
Ya tiene el comienzo, que no es poco, y apenas si han transcurrido dos minutos desde que se puso a trabajar. Y no sólo tiene la primera frase; tiene también, en ese grueso diccionario que sostiene con su mano izquierda, todo lo que le hace falta. Dentro de ese libro está todo, absolutamente todo; el poder de esas palabras, créame, es infinito.
Déjese llevar por el instinto, e imagine que usted, precisamente usted, es el Golem, un hombre o mujer hecho de letras, o mejor dicho, construido por signos. Que esas letras que le componen salgan al encuentro - como los cartuchos de dinamita que explotan con simpatía - de sus hermanas, esas hermanas dormilones que descansan en el diccionario.

Ha pasado ya algún tiempo, pero una ojeada a, reloj le demuestra que ni siquiera ha transcurrido aún la mitad sel que tiene a su disposición.
Y de pronto, como si fuera una estrella errante, la primera hermana, se despierta y viene donde usted, entra en su cabeza y se tumba., humildemente, en su cerebro. Debe transcribir inmediatamente esa palabra, y transcribirla en mayúsculas, pues ha crecido durante el viaje. Es una palabra corta, ágil y veloz; es la palabra RED.
Y es esa palabra la que pone en guardia a todas las demás, un rumor, como el que se escucharía al abrir las puertas de una clase de dibujo, se apodera de toda la habitación. Al poco rato, otra palabra surge en su mano derecha; ay, amigo, se ha convertido usted en un prestidigitador involuntario. La segunda palabra desciende de la pluma deslizándose a dos manos para luego saltar a la plumilla y hacerse con la tinta un garabato. Este garabato dice: MANOS.
Como si abriera un sobre sorpresa; tira de la punta de ese hilo (perdóneme el tuteo, al fin y al cabo somos compañeros de viaje), tira de la punta de ese hilo, decía, como si abriera un sobre sorpresa. Saluda a ese nuevo paisaje, a esa nueva frase que viene empaquetada en un paréntesis: (Sí, me cubrí el rostro con esa tupida red el día en que se me quemaron las manos.)
Ahora mismo se han cumplido los tres minutos. Pero he aquí que no has hecho sino escribir lo anterior cuando ya te vienen muchas oraciones más, muchísimas más, como mariposas nocturnas atraídas por una lámpara de gas. Tienes que elegir, es doloroso, pero tienes que elegir. Así pues, piénsatelo bien y abre el nuevo paréntesis: (La gente sentía piedad por mi. Sentia piedad, sobre todo, porque pensaba que también mi cara había resultado quemada; y yo estaba segura de que el secreto me hacía superior a todos ellos, que así burlaba su morbosidad.)
Todavía te quedan dos minutos. Ya no necesitas el diccionario, no te entretengas con el. Atiende sólo a tu fisión, a tu contagiosa enfermedad verbal que crece y crece sin parar. Por favor, no te demores en transcribir la tercera oración (Saben que yo era una mujer hermosa y que doce hombres me enviaban flores cada día.)
Transcribe también la cuarta, que viene pisando los talones a la anterior, y que dice: (Uno de esos hombres se quemo la cara pensando que así ambos estaríamos en las mismas condiciones, en idéntica y dolorosa situación. Me escribió una carta diciéndome, ahora somos iguales, toma mi actitud como una prueba de amor.)
Y el último minuto comienza a vaciarse cuando tú vas por la penúltima frase: (Lloré amargamente durante muchas noches. Lloré por mi orgullo y por la humildad de mi amante; pensé que, en justa correspondencia, yo debía hacer lo mismo que el: quemarme la cara.)
Tienes que escribir la última nota en menos de cuarenta segundos, el tiempo se acaba: (Si dejé de hacerlo no fue por el sufrimiento físico ni por ningún otro temor, sino porque comprendí que una relación amorosa que empezara con esa fuerza habría de tener, necesariamente, una continuación mucho más prosaica. Por otro lado, no podía permitir que él conociera mi secreto, hubiera sido demasiado cruel. Por eso he ido esta noche a su casa. También él se cubría con un velo. Le he ofrecido mis brazos y nos hemos amado en silencio; era feliz cuando le clavé ese cuchillo en el corazón. Y ahora sólo me queda llorar por mi mala suerte).
Y cierra el paréntesis- dando así por terminado el cuento - en el mismo instante en que el último grano de arena cae en el reloj.


-Atxaga Bernardo. "Para escribir un cuento en cinco minutos".